La Copa del Mundo 2026 arde, pero esta vez no es por un golazo, sino por una decisión de la FIFA que tiene al mundo del fútbol con la boca abierta. El organismo rector decidió suspender por un año la sanción de Folarin Balogun, el goleador estrella de la selección de Estados Unidos, permitiéndole jugar los octavos de final contra Bélgica a pesar de haber sido expulsado en el partido anterior frente a Bosnia-Herzegovina. La jugada regulatoria encendió las alarmas globales, especialmente luego de que el propio presidente de EE.UU., Donald Trump, confirmara públicamente que llamó directamente al jefe de la FIFA, Gianni Infantino, para pedirle que “revisara” la tarjeta roja porque, según él, “no era falta”.
La UEFA no se guardó nada y calificó la medida como un hecho “sin precedentes, incomprensible e injustificable” que sencillamente “cruza una línea roja” y pone en jaque la integridad de la competición. Históricamente, la suspensión automática tras una expulsión ha sido una regla sagrada en los Mundiales; de hecho, en 189 tarjetas rojas mostradas en toda la historia del torneo, el único antecedente similar fue el de Garrincha en Chile 1962, una época donde ni siquiera existía la sanción automática y todo se manejaba bajo sospechas de pura interferencia política. Ante la ola de críticas, Infantino lavó sus manos en un comunicado asegurando que los comités judiciales de la FIFA son “independientes”, aunque reconoció con total naturalidad que habla seguido con el mandatario norteamericano.
En el papel, la FIFA se amparó en el misterioso artículo 27 de su Código Disciplinario, una norma tan amplia que le permite suspender medidas de forma discrecional, pero que jamás se había aplicado en plena Copa del Mundo. Intentando calmar las aguas, desde Zurich quisieron equiparar el caso con una vieja rebaja de sanción a Cristiano Ronaldo, pero la prensa internacional no tardó en recordar que aquello ocurrió en las eliminatorias previas y con justificaciones basadas en su impecable historial, algo que con Balogun ni se molestaron en argumentar. Mientras tanto, Bélgica —el rival de turno— intentó apelar formalmente la decisión, pero la FIFA la declaró inadmisible alegando que los belgas “no son parte en el proceso”, desatando la furia de su seleccionador Rudi García, quien ironizó diciendo que el Mundial parecía una broma del Día de los Inocentes.
Este indulto VIP deja un precedente peligrosísimo para el fútbol y un sabor muy amargo para el resto de los equipos. Analistas y exfutbolistas ya tildan la situación como una auténtica farsa que convierte al torneo de las naciones en un tablero de ajedrez geopolítico para favorecer a uno de los anfitriones. La gran pregunta que queda flotando en las salas de redacción y en las tribunas es evidente: si a partir de ahora las tarjetas rojas ya no garantizan un partido de suspensión, ¿con qué autoridad moral la FIFA castigará a los jugadores de selecciones con menos peso político que la Casa Blanca?




