Este 13 de noviembre se cumplen 40 años de la tragedia de Armero, la peor catástrofe natural en la historia de Colombia. Más de 25.000 personas murieron aquella noche cuando una avalancha de lodo, provocada por la erupción del Nevado del Ruiz, arrasó con el municipio tolimense. Cuatro décadas después, las ruinas siguen siendo un lugar de memoria y reclamo por justicia, verdad y reparación.
Entre los escombros, las familias aún buscan respuestas. Más de 580 niños desaparecieron en medio del caos y muchos fueron adoptados dentro y fuera del país sin seguimiento oficial. Desde 2012, la Fundación Armando Armero ha creado un banco de ADN y una base de datos para ayudar a reencontrarlos. Cada aniversario, sus nombres son recordados con pequeñas barcas de papel en el río Gualí, símbolo de la memoria que se niega a desaparecer.
Las mujeres sobrevivientes han sido las principales portadoras de la reconstrucción emocional y social. A pesar del dolor, organizaron comedores comunitarios, redes de apoyo y espacios de memoria en los reasentamientos, muchas veces sin respaldo del Estado. Sus historias revelan heridas psicológicas que, 40 años después, siguen abiertas por la falta de atención integral en salud mental.
La tragedia no fue impredecible. Desde 1984, los expertos habían alertado sobre el riesgo del volcán, pero las autoridades no implementaron medidas de evacuación efectivas. El error institucional convirtió una erupción moderada en un desastre monumental. La imagen de Omayra Sánchez, atrapada entre el lodo, se convirtió en un símbolo global del abandono estatal y de la vulnerabilidad de la niñez colombiana.
Hoy, los sobrevivientes reclaman que el país asuma su deuda histórica. Piden memoria sin morbo, reparación real y políticas que garanticen retorno, dignidad y apoyo psicosocial. ‘No queremos compasión, queremos justicia’, dicen los armeritas, recordando que el dolor de aquella noche del 13 de noviembre de 1985 sigue tan vivo como entonces.




