En la vorágine política que vive Colombia de cara a las elecciones de 2026, un fenómeno preocupante se ha vuelto cada vez más evidente: campañas que no se construyen sobre propuestas concretas para los grandes desafíos del país, sino sobre un eje reactivo —una narrativa que gira alrededor de Gustavo Petro y la necesidad de frenarlo. Más que hablar de soluciones, ciertos aspirantes de derecha parecen competir por ver quién desliza el golpe más agudo contra “la izquierda”.
La actual campaña presidencial muestra una derecha fragmentada, con decenas de aspirantes y sin un liderazgo que trascienda más allá del rechazo al gobierno actual. Según un análisis electoral reciente, de los 30 candidatos medidos en encuestas, 22 no superan el 2 % en intención de voto, mientras la mayoría de figuras emergen más por su oposición emocional a Petro que por un proyecto de país claro.
Este fenómeno no es nuevo ni exclusivo de Colombia. En contextos de alta polarización, los bandos políticos acaban recurriendo a lo que algunos analistas llaman conviction politics —una campaña basada en valores o ataques que movilizan más por emoción que por propuestas racionales— aunque aplicados de forma poco productiva. En este caso, la estrategia consiste en repetir que la alternativa principal a Petro es la salvación del país, sin que se presenten ideas profundas sobre cómo enfrentar problemas estructurales como la inseguridad, la desigualdad o la productividad económica.
El paisaje de la campaña lo confirma: gran parte del discurso de derecha ha estado enmarcado en la crítica personal, la descalificación y la apelación constante a temas de miedo o rechazo. Esta táctica no es solo una percepción ciudadana —diversos artículos periodísticos han destacado que los ataques personales y las narrativas de odio han sido el eje de ciertos sectores opositores, más que un diálogo de propuestas.
Al mismo tiempo, la fragmentación de la derecha ha profundizado la dificultad de construir una agenda coherente. Las coaliciones y uniones tácticas que algunos líderes proponen —como enfatizar solo que se debe derrotar a Petro— no han logrado consolidar una oferta sólida que conecte con preocupaciones reales de los votantes.
No se trata de negar que hay inquietudes legítimas con algunas políticas del actual gobierno —por ejemplo, el tema de seguridad ciudadana figura como una de las preocupaciones más grandes de los electores, y la izquierda no está exenta de responder por ello. Pero cuando la oposición se limita a repetir una consigna central —“no Petro”— sin articular respuestas propias a esos problemas, termina reduciendo la política a un simple antivoto: votar menos por alguien que por ideas a favor de un proyecto positivo.
Eso tiene un coste democrático. La política deja de ser una confrontación de propuestas y se convierte en un concurso de descalificaciones cruzadas donde el nombre de un adversario se vuelve la marca registrada de la campaña. Y en esa lógica, Gustavo Petro termina siendo, paradójicamente, el gran protagonista de las campañas que dicen intentar superarlo.
La historia reciente muestra que cuando la política se concentra en ataques y no en propuestas, el electorado termina fatigado y desconectado, y esto alimenta la desconfianza en las instituciones. Colombia merece debates que vayan más allá de los mantras de rechazo y que ofrezcan soluciones claras a los problemas estructurales que padecen sus ciudadanos —desde seguridad y educación hasta empleo y desarrollo regional.
Aceptar que una campaña no se basa en ideas sino en nombres puede ser cómodo para algunos estrategas, pero es profundamente insatisfactorio para un país que aspira a construir gobernabilidad, cohesión social y un camino propio hacia el progreso. La política colombiana no debería resignarse a ser una sucesión de “anti-” discursos, sino abrir caminos para discutir propuestas, contrastarlas y madurar colectivamente.




